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martes, 7 de octubre de 2014

Capítulo 17

Estaba lejana. Su alma se había ido distante, a esos días en que los brazos de Joshep la rodeaban, donde ella se sentía protegida... donde se creía amada. Escuchaba en su memoria su voz, recordaba su mirada. Su corazón seguía en silencio, aunque todas esas imágenes que iban y venían en sus pensamientos le daban la certeza que aun lo amaba. Sin embargo, muy en el fondo, sentía un espacio vacío, un lugar en ella que quedó desolado, donde en un rincón ocultaba aquello que se negaba a reconocer. Prefería mirar hacia la superficie, mirar sus propios errores y culparse una y otra vez por haber perdido ese amor en el que se había construido todo un futuro junto al hijo de los Villafranca. No podía ser posible que ella estuviera viviendo cegada por su propia ilusión, todo ese amor fue real... tenía que ser real... pero... su corazón no decía nada, como si no quisiese opinar al respecto. ¿Dónde se fue ese vibrar vigoroso con solo recordarlo? ¿Dónde se fueron esos latidos potentes que agitaban su pecho con solo verlo venir, incluso en un pensamiento? Pero su alma giró llena de preguntas que no podían ponerse en palabras... su corazón un par de horas antes había latido vigoroso, pero no era eso lo que confundía a Adelaida. Su pecho muchas veces ya había retumbado de esa forma, incluso más fuerte todavía. No era la fortaleza con la que latió su corazón lo que la hizo moverse, fue con lo que se llenó lo que la hizo ser otra. ¿Qué fue lo que sentí? se preguntaba con apremiante deseo de encontrar la respuesta. Se le hacía tan imposible descifrar aquella sensación que le inundó el cuerpo, esa necesidad de decir lo que no tenía idea de decir, esa necesidad de ser recibida, más que de simplemente estar. Con Joshep le bastaba estar cerca de él, pero no le sucedió igual ante el muchacho de las herramientas. Quería ser recibida de nuevo por esa mirada que parecía protegerla mejor que mil brazos. Esos ojos que parecían calcarla, leerla, aprenderla. Esos ojos que la miraban de verdad, que la hacían sentir tan consciente de ella misma. Era cierto que necesitó acercarse a Santiago, que sintió que solo su presencia consolaría su espiral de emociones internas, pero se mentía, ella quería girar en ese carrusel de sentimientos sin consolaciones; no era simplemente estar, no era simplemente acercarse. Era... no sabía como explicarlo... era cómo llegar de una vez para siempre. No, las palabras no servían para nada, no podía poner en palabras todo lo que sentía por dentro. Se recostó sobre la mesa sobre sus brazos cruzados y cerró los ojos. Y ahí estaba el muchacho fantasma mirándola desde adentro de ella.

- Santiago - murmuró. Probando el artilugio de nombrarlo... y le gustó... le gustó llamarlo. 

- Joshep - murmuró. No le gustó como se sintió. No sabía por qué se hundía en una melancolía que la rodeaba como un malvado espíritu. Si creía que lo amaba tanto ¿por qué su alma se sentía rota en su recuerdo y al pensar en Santiago se sentía de una sola pieza, entera de nuevo, sin grietas?

- Me estoy volviendo loca - se le humedecieron los ojos y entre sus párpados cerrados se deslizó una fugitiva lágrima. Una pequeña gota cristalina que rodó por su mejilla sobre sus pecas, acariciando su rostro cómo si quisiera reanimarla. Suspiró profundamente, pero Santiago no se iba de su mente. Eso la alegró, eso evitó que la lágrima le doliera. Por el contrario la llenó de aquello, de lo que no sabía cómo describírselo ni a ella misma. Se incorporó en la silla mirando hacia el jardín central, mirando las floridas cayenas que se mecían suavemente como intentándola seducir y sin saber por qué, tal vez por el torbellino de emociones que llevaba por dentro, aflojó las cintas de sus botas y se desnudó los pies. Los apoyó suavemente sobre el frío suelo y se puso de pie, su corazón latió intensamente. Quiero ser feliz, lo pensó con sencillez, sin imágenes mentales en concreto. Habló su alma. Dio unos pasos inseguros hasta el borde del jardín y miró el césped, luego alzó la mirada hacia las cayenas, lo que sin saber por qué era su repentino destino. Pisó la fresca hierba, le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, pero disfrutó la sensación en la planta de su pie. Dio dos pasos dentro del jardín, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Una voz interna muy arraigada en ella comenzó a gritarle lo que una dama no debía hacer y titubeó internamente. Estuvo a punto de regresar corriendo, evitando cometer el mismo error que cometió con Joshep, pero esta vez con ella misma. Una dama debe... una dama debe... pero antes de que aquella voz la venciera, recordó a Jazmín...

- Una dama debe ser feliz - dijo. Pero al contrario de sus palabras comenzó a llorar en silencio. No se sentía feliz, no sabía que era la felicidad. Lo dijo como un descubrimiento lejano a ella. Deseó poder danzar como Jazmín sobre aquel pequeño jardín, caminar hasta las cayenas, tomar las más grandes y colocarlas en su cabello. Verse tan hermosa como lo hacía tía Raquel cuando se peinaba usándolas cómo una corona. Caminó movida sin saber por qué sentimientos y quedó al alcance de las grandes flores rosadas de pistilos oscuros, coronados con pequeños broches dorados. Tomó una cayena con sus suaves manos, la que pareció soltarse con gusto entre sus delicados dedos. No sabía que hacer con ella y su abundante melena pelirroja, no tenía idea cómo sostenerla en un peinado en su cabellera y terminó colocándosela sobre la oreja derecha. Secó las lágrimas de sus ojos, pero estos se volvían a humedecer.

Y de pronto algo se rompió dentro de ella, algo que no necesitaba más. Pareció salir de una ensoñación para descubrirse a sí misma descalza sobre el jardín sintiéndose inocente, deseosa de felicidad, sintiéndose ligera cómo hace mucho no se sentía, como sí hubiera perdido una pesada carga interna. Aun no se sentía feliz, pero algo había cambiado dentro de ella. Estaba con los pies desnudos sobre el césped sintiendo que una parte de ella era libre. No pudo ser de mayor dimensión la gran sorpresa que se llevó Raquel al venir de la parte trasera de la casa hacia la habitación de Adelaida en su búsqueda, para encontrársela en su jardín. En medio, con los pies sobre la hierba, con una gran cayena en el rojizo pelo. Se quedó petrificada de la impresión. Casi que la llama Jazmín al verla, fue como una aparición ante sus ojos. No le salía palabra alguna, era una de las imágenes más hermosas que le daba la vida, que le regalaba Dios. Adelaida tan parecida a su Jazmín, le parecía que tenía a las dos en una sola en ese momento. La pecosa la miró a los ojos y buscó mil respuestas en la mirada conmovida de su tía abuela, buscó mil respuestas, o aunque fuese una sola de todas las que se desataron dentro de su alma, y sintiéndose chiquita, cómo una niña le extendió los brazos, cómo lo hizo con Joshep, una suplica de amparo, pues era demasiado nuevo todo lo que sentía su alma en ese momento. La dama de damas caminó hacía ella con amplios pasos y la abrazó con fuerza, y sintió el corazón de Adelaida cómo un pequeño tamborcito en su pecho sonando desesperado. Sabía que de alguna forma que jamás podría explicar, su sobrina, por sí sola había logrado librarse de un gran yugo. Un gran paso hacia la sanación de su corazón roto. Adelaida no había dejado caer una coraza antigua, la había destruido definitivamente. Pero solo era un paso más en el doloroso camino, pero necesario para que Adelaida dejara salir la verdadera luz que brillaba dentro de ella, atrapada como un sol dentro de una bóveda. En el interior de la pecosa las emociones no terminaban de quedarse quietas y no dejaban de venir a su mente Joshep y Santiago, uno detrás del otro. Del primero recordaba sus duras palabras cuando él le juzgó diciéndole que no era una dama. Pero al ver a Santiago en su mente, deseaba con todo su corazón ser una dama, una de verdad, esa la que pudiera caminar descalza el mundo entero sin que eso manchara en lo más mínimo su dignidad. Una dama que pudiese enfrentar sus errores con virtud y no una que aparentando virtudes ocultase sus errores, incluso a sí misma.

- Tía - Adelaida alzó sus ojos hacia los de Raquel - ¿Yo soy una dama?

- En cada una de las letras de tu nombre, mi amor - la dama de damas le sonrió con ternura -. ¿Te digo el secreto de una verdadera dama? Una dama de verdad, antes de cualquier cosa es mujer. Y una mujer es de lo que está hecho su corazón. No importa que tan buenos modales tengas si tu corazón está vacío. No importa que tan buena seas filosofando en las reuniones de sociedad, si tu corazón no es sabio. No importa que tan bella puedas lucir por fuera, si tu corazón no tiene belleza por dentro. No importa que tan recatada seas, que tan correcta seas, que tan puritana seas, si tu corazón no ama. Y tú tienes un corazón lleno, tú tienes un corazón sabio, tú tienes un corazón lleno de belleza, tú tienes un corazón que ama. Y todas esas son cualidades de una buena mujer, y una buena mujer es el cimiento de una buena dama. Todo lo demás son apariencias, máscaras, disfraces, temores. Por eso, hija mía, eres toda una dama, porque ante eso, en tu corazón, ya eres toda una buena y gran mujer.

- Mi corazón está loco tía - Adelaida sonrió llorosa todavía.

- Eso es bueno. Sólo un corazón loco puede entender al amor - ambas sonrieron.

- Pero primero tendría que entender la locura que hay en mi pecho hoy para poder entender al amor - dijo la pecosa un poco más tranquila. 

- O quizá lo que debes entender que esa locura que sientes en tu pecho es amor.

Adelaida miró a los ojos de Raquel cómo si en ellos pudiera traducir esas palabras, pero no pudo. ¿Esta locura es amor? ¡Qué confuso! pensó. Ella se aseguraba que amaba a Joshep todavía, pero no era él quién le hacía girar por dentro lo inefable. Él era cómo un silencio dentro de ella, cómo un hueco que ella llamaba "amor". Pero Santiago, apenas lo acababa de conocer horas antes y era cómo si él la conociera mejor que nadie, cómo sí pudiera mirarla por dentro y sostener su mano cómo sólo ella lo necesitaría siempre. Su cabeza decía Joshep, pero su corazón decía Santiago. La eterna lucha de la razón y la emoción. Amaba a Joshep, era lo lógico, era su prometido, quién en verdad la conocía hace un par de años atrás. A quién ella le falló y le decepcionó, aunque comenzaba a pensar más en ello de otra manera. En cambio Santiago... aquello era irracional, un extraño, que apenas tenía horas conociendo su rostro, el que le cerró la puerta en la cara y al que ella le vació un vaso de jugo encima... El que le tomó el alma suavemente junto a su mano lastimada... Esa era toda la historia de los dos. ¿Por qué Santiago está en mi corazón y Joshep en mis pensamientos? ¿Amor? No, esto no es amor. Es una simple locura, se dijo en el secreto de su alma.

- No tía. Yo no he sentido esto antes. Y usted sabe que yo aun amo a Joshep. Lo que le quiero decir es que ¿por qué no he sentido esto antes? Amor ya he sentido y no se siente así - esto último lo dijo sin estar muy convencida de sus palabras.

- ¿Por qué no has sentido eso antes? - Raquel le volvió a sonreír -. Es una buena pregunta. Otra pregunta es por qué lo estás sintiendo hoy.

Adelaida se ruborizó. Era verdad. Toda esa locura se movía en torno de Santiago, toda esa algarabía interna llegó con él, en el más suave silencio. Y nada se podía explicar sobre eso, sucedía sin su permiso o... ¿si lo permitía? Disfrutó desde el primer momento de la presencia del muchacho de rostro noble, de la entonación de su voz, de cómo la sostuvo, de cómo la miró. Nunca batalló contra nada de eso. Lo recibió como un presente, y algo dentro de ella lo agradecía. Pero... ¡Qué era! ¡Todo eso que sentía que era! ¿Esta locura interna es amor? pensó. No era posible. Era otra cosa, pero amor no. Su amor estaba en Joshep, lo demás debía ser tan simple cómo se sentía. Una confusión en su alma lastimada. Una simple locura. Quiso quedarse con esa idea, no quiso buscarle más explicaciones, ya se le pasaría todo aquello y sorteando la pregunta de su tía abuela giró el hilo de la conversación en otra dirección:

- Tía... ¿yo podría pedirle un favor? - se volvió a ruborizar -. Es una tontería... pero... ¿me podría hacer el peinado que usted siempre se hace con cayenas?

- ¡Oh claro Luisa Adelaida! - la tía Raquel pareció iluminarse con aquello. Sin mucho pensarlo se acercó a las cayenas y se hizo con seis flores las que puso en manos de la pecosa -. No te muevas de aquí.

La dama de damas tomó una silla la que acercó hasta el centro del jardín y la dejó detrás de su sobrina. La invitó a sentarse y la muchacha sin más, se sentó. Lo primero que hizo fue sacar con cuidado la cayena que llevaba Adelaida sobre la oreja y se la puso en las manos junto a las otras flores. Sostuvo el abundante cabello de la pecosa, como si fuera un tesoro. Fuego, hilos de fuego parecían al darles la luz del Sol que ya iba camino a la noche a descansar de su jornada. Deslizó sus dedos entre ellos cómo lo hacía con el cabello de Jazmín. Sus ojos se humedecieron pero no de tristeza, su alma sentía gratitud. ¡Gracias Dios, por este momento! musitó en sus pensamientos.

- Tía ¿por qué usted le decía a mi mamá que una dama no deja mechones sueltos en su peinado, que una mujer de mechones sueltos es una mujer de ideas sueltas? - preguntó la pecosa mirando las flores que descasaban sobre sus piernas y manos.

- Yo nunca le dije eso. Lo que siempre le dije es que cuando se peinara, para las ocasiones especiales no dejara mechones sueltos, no se le fuesen a caer algunas ideas. Claro hija, todo esto se lo dije como una simple broma. ¿Tu mamá te dijo que una dama no puede llevar mechones sueltos porque sino entonces era una mujer de ideas sueltas? - Raquel meneó la cabeza lado a lado desaprobando aquello.

- Sí.

- Todo tiene su momento Adelaida. Hay momentos de ser impecable, hay momentos de simplemente ser tú misma. Y lo más importante es aprender ser simplemente tú, viéndote siempre impecable. El secreto ya lo sabes. Si tu corazón es impecable, tú lo serás sin tener que preocuparte por ello.

Y así poco a poco fue recogiendo la melena rojiza de Adelaida, acomodándola y sosteniéndola con pequeños ganchos que tomaba de su propio peinado, dejando al descubierto el hermoso cuello de la joven silenciosa. Luego bordeó todo el peinado con las siete cayenas. Dio unos pasos dando la vuelta a la silla y la miró. ¡Tanta belleza junta!

- ¡Qué hermosa eres hija! - la voz de Raquel sonó llena de admiración. Adelaida sonrió dulcemente y un poco indecisa se puso de pie y caminó descalza hasta su habitación a mirarse en el espejo de la peinadora. Se sentó en el taburete y se miró. Se gustó ella misma como nunca, se sintió tan liviana por dentro, sus cabellos tenía encendidos mechones sueltos que caían algunos sobre su rostro, haciéndola ver tan coqueta. Y su corona de cayenas. ¡Amó su corona de cayenas!

- Siempre me he preocupado tanto de cómo me tenía que ver tía. De cómo me veían los demás. De cómo me vería Joshep - volvió a sonar pensativa -. Tan preocupada de lucir perfecta. De que lo de afuera no permitiera ver lo que no me gusta de mi. Siempre uso vestidos de brazos cubiertos evitando mostrar mis pecas que tanto me acomplejan.

- ¿Tus pecas? No sabes lo hermosas que te lucen. Son parte de ti Adelaida. Te hacen única.

- Me hacen sentir diferente, distinta. No me gustan. Y a muchos no le gustan. A Joshep no...

- Joshep es un tarado. Un enamorado de las apariencias, que no tiene la capacidad de mirar más allá.

- Tía... él me quería de verdad... mas yo le fallé - dijo la pecosa sintiendo que algo dentro de ella volvía a ponerla pesarosa.

- Mi niña, pronto llegará el momento en que tengas que hacerle frente a la verdad - Adelaida se volteó hacia su tía.

- ¿A que se refiere tía? La verdad es que yo me porté indecentemente, usted lo sabe.

- Lo que sé es por qué te comportaste así. Y también sé por qué él se comportó como lo hizo contigo.

- Era lo obvio.

- Sí hija, era lo obvio porque no te amaba - dijo al fin Raquel sintiendo soberbia por dentro hacia aquel Villafranca Andueza, de corazón tan vacío.

- Tía, sí me amaba - el corazón de Adelaida se movió doloroso.

- Luisa Adelaida, sé que es muy difícil reconocerlo, sé que evitas mirar de frente esa verdad. Pero Joshep no te amaba.

- No tía, se equivoca - las lágrimas volvieron a nublar la vista de la pecosa -, Joshep me amaba, siempre me lo decía.

- ¿Y si te amaba tanto por qué no pudo sentir tu amor aquella noche, en aquel jardín? ¿Por qué si te amaba, no atesoró lo que le estabas dando? - dentro de su coraje, Raquel intentó sonar lo más maternal posible.

- Yo... tía... ¿lo que le estaba dando? - no sabía que responder -. Yo lo que le dí fue decepciones.

- No Adelaida. Le diste a una dama, le diste lo que había en tu corazón, le diste a una buena mujer.

- No soy esas cosas tía - comenzó a sentirse peor la muchacha de cabellos de fuego.

- Es más fácil culparte a ti misma que reconocer lo más doloroso. ¡El nunca te amó!

- Sí me amó - sus lágrimas comenzaron a correr por su rostro presurosas, lanzándose al vacío.

- Preciosa, respóndeme una pregunta ¿Por qué hiciste lo que hiciste aquella vez?

- ¡Porque lo amaba tía! ¡Porque lo amo con toda mi vida!

- ¿Y lo que hizo él por qué lo hizo?

- Por... él quería demostrar... él... tía el me amaba...

- ¿Tú le hubieras hecho lo mismo?

- No es igual tía, lo sabe.

- Me refiero ¿Lo hubieras puesto a prueba?

- No tía, claro que no. Confiaba en él plenamente, con todo mi amor.

- Ahí tienes la respuesta que no aceptas ver hija mía.

- Tía... ¿nunca me amó? - tembló toda. Se estremeció entera -. ¡Tía sí, sí me amaba!

Raquel se sentó en la cama cerca de ella y tomando sus manos le dijo con todo el dolor de su alma:

- No Luisa Adelaida. Porque él si te puso a prueba. No confiaba en ti. Eso no es amor.

- Tía... - cada vez era mayor el triste caudal que brotaba de los ojos de la pecosa.

- Tú eres inocente de todo lo que pasó esa noche. Tú diste lo mejor de ti. ¿Cómo un hombre amante desprecia eso? ¿Cómo puede despreciar a una dama tan hermosa como tú? ¿Cómo puede un hombre enamorado usar a su enamorada para demostrar que es digna de él? ¿Acaso el amor con solo estar presente, por sí mismo no está diciendo que somos dignos, ya nos hace dignos? ¿Cómo pudo él despreciarte, luego y no antes de quitarte lo que te quitó? ¿Por qué si te amaba te dejó atrás, sola, adolorida, triste, abandonada en la noche, echándote de su casa? ¿Dónde ves el amor en todo eso? ¿Así quieres ser amada cada vez que cometas un error? ¿Y cómo amar puede ser un error? Un error es no agradecerlo. Y no se puede agradecer un amor que no quieres de verdad. Tú lo amabas, esa es la verdad. Él no te amaba, y esa también es la verdad. Con todo mi corazón sé que por amarlo, por darle tantos espacios de tu tiempo, de darle tantas de tus ilusiones, deseas en todo tu corazón que nada de eso haya sido en vano. Para tanto amor que le dabas, tu deseo era que él te amara igual. Lo doloroso es descubrir lo contrario y reconocerlo. Reconocer que nunca te amó. Tal vez te quiso, pero el amor tiene otra medida.

- Tía me siento hueca por dentro - las manos le temblaban -. Al final no estaba equivocada aquella vez que me dijo que yo era como una muñeca vacía.

- Hija, por favor. Ya te pedí que olvidaras esas palabras. No les des más importancia. Tú no estás hueca por dentro - le  cubrió una mejilla con su anciana mano amorosa -. Tú estás llena de luz, tú llegaste a este pueblo a llenarlo de luz. Esta casa es otra desde que llegaste. Galleta es otra desde que llegaste, la que no niega decir que tú eres su hermana. La vereda principal está más transitada que nunca, por muchos ilusionados que pasan solo por ver si tienen la suerte de verte unos segundos. Los que conocieron a Jazmín al verte se admiran, hasta el recuerdo que tienen de ella lo vivificas con tu presencia. Tienes un corazón bondadoso, que sólo está asustado. ¿Cómo conocerte de verdad y no amarte hija mía? Incluso a Santiago le has venido a mover la vida.

Los oscuros ojos de Adelaida se abrieron amplios mirando, leyendo en el fondo de las pupilas de su tía abuela. ¿Se habría dado cuenta de algo? ¿La tía Raquel habría notado que ella estaba revuelta por dentro debido a la mirada tan... ¡imposible de definir! de Santiago? No podía ser. Ella no había pronunciado palabra al respecto y ¿en qué podía ella haber afectado la vida de Santiago?

- ¿Santiago? ¿En qué tía? - preguntó con su corazón volviendo a latir extraño, sin darse cuenta de primeras que el dolor parecía irse como una hoja en el viento.

- Habrá estado toda la tarde pensando en ti.

- Claro tía, le lancé un jugo en toda la cara. Debe estarme odiando - no supo por qué ese pensamiento la puso algo temerosa -. Tía... yo no soy tan buena cómo usted cree. Cuando llegué aquí escribí una carta a mi mamá diciendo cosas muy feas de usted...

- ¿Cosas cómo que estoy demente? - Raquel le interrumpió sonreída. Adelaida asintió avergonzada bajando la mirada -. No te culpo hija que pensaras así. Cuando llegaste estabas atrapada dentro de ti misma. Era difícil llegar a esta tan hermosa Adelaida con la que hablo ahora cada día.

- Pero tía, también lastimé a Lili. Le arrebaté el sombrero de la cabeza y le grité. Y a Santiago... ¡Dios mio que vergüenza tengo! Y hasta al Señor Gerónimo, lo dejé con la palabra en la boca, ni lo miré.

- Luisa Adelaida, por favor, ya tú te disculpaste con él. No mires solo lo malo, estás acostumbrada a ser muy dura contigo misma. Yo sé que Galleta mete las manos en el fuego por ti. Yo meto las manos en el fuego por ti. De seguro Margot y Gaspar, de seguro Fabían. Ya Santiago lo hará también - la miró con cariño y le sonrió. La pecosa se le pusieron las orejas tan rojas y el rostro tan arrebolado que quedaba, sin saberlo, en evidencia ante su tía abuela, la que pensó que el muchacho de las herramientas de alguna forma había alcanzado un sitio en el alma de su sobrina que no había sido tocado antes. ¿Sería que se habían encontrado un deseoso de amar y una deseosa de amor? Sí Adelaida todavía para épocas de cerezas se encontraba en Bardolín, lo sabría. El tiempo diría. Raquel solo le pedía a Dios que la historia de Mateo y Betania no se repitiera.  

- Tía usted es tan buena conmigo.

- Eres luz en mi casa Adelaida. Yo estoy feliz de haberte conocido. Yo estoy feliz de tenerte aquí conmigo.

La joven la miró con gratitud por aquellas palabras. Ella sentía lo mismo. La llenaba de alegría estar cerca de la dama de damas. Que ni reinas ni otras damas. Que ni mil talentos y ni mil talantes. Un ángel, que a la vez era su tía abuela.

- Hoy me veo cómo usted. Descalza por el jardín con mis flores en el cabello - le dijo como un cumplido, cariñosamente.

- Oh. Tú te ves mil veces más hermosa.

Adelaida volvió a girarse hacia el espejo y volvió a mirarse. Se enjugó bien los ojos y se sonrió a sí misma. En verdad amaba cómo se veía, amaba cómo se sentía respecto a ella misma. Soy una dama, pensó para sí misma con la más suave sencillez de su alma. Y esa tan pequeña afirmación, aunque ella no lo sabía era un gran muro que acababa de derribar y con él la culpa. Una dama es de lo que está hecho su corazón, se recordó.



Y su corazón era rebosante amor, aunque ella aún no lo sabía.


                                                                                                                  Lee Aquí el Capítulo 18